Vaya por delante, como aviso a navegantes, que hacía tiempo que no me encontraba con un disco tan abierto y con tantas posibilidades mecanográficas, así que he hecho lo que no debe hacerse nunca en una reseña: comentar el engendro canción a canción, como quien hace inventario para comprobar que no falta nada. Los que deseen algo ligero y rápido, que ignoren esto y salten a otra reseña. Sé que soy un pesado. Punto y aparte.
Ahora vamos allá.
Tengo una concepción muy política del punk. Pero también muy flexible. Creo que el punk es tan importante como Marx, Chomsky o el situacionismo. Creo, además, que es una preciosa paradoja andante, por la forma en que se parece al nihilismo y por la forma en que rompe con las cosas de una forma absolutamente positiva. Creo que, sobretodo, el punk es acción hacia fuera. Grito, sacudida, plonk, plonk y una voz que grita no, no y no. Enfrente, un público con las cejas alzadas, bien sea uno entre la multitud o con sólo un par de orejas enfocadas hacia un bafle.
Da igual, el impacto es el mismo porque el punk es vírico. Puede contagiarnos de uno en uno o a todos a la vez, depende de la exposición. También, sin embargo, hay punk que protesta hacia adentro. Es algo más inútil y mucho menos relevante. Pero nos dejamos engañar muy a gusto. Personalmente, sirven igual. Son todas esas cosas cobainianas de doy asco, me odio y quiero morir. Pero también son las cosas del bebercio, del tomarse a guasa el propio cuerpo y vivir una vida sin mañana. Pues bien, de las tres categorías de punk que he definido así a la babalá, The Tom Fun Orchestra entran en este último saco.
En cuanto reproduzco este discazo me entran unas formidables ganas de trasegar aguardiente. Este híbrido tabernario, hijo bastardo de The Pogues y Mighty Mighty Bosstones, lleva el etanol en su espíritu.
Contextualicemos primero: El pater familias se llama, lógicamente, Tom Fun. The Tom Fun Orchestra, su engendro, no es ninguna broma. Son realmente una orquesta. Nueve personas y nueve instrumentos. Tres voces, violín, armónica, guitarra, contrabajo, acordeón, batería, trompeta, banjo y mandolina. Provienen de Sydney, en Cape Breton Island, cuatrocientos kilómetros al norte de Halifax en la costa suroeste de Canadá. ¿Y qué hay en Cape Breton Island? Pues pueden imaginárselo: salmones, bacalao (mmmm…), aborígenes confinados y expuestos por su interés turístico-antropológico (con una lengua propia en extinción, el Mi’kmaq), un par de minas de carbón, bosques de coníferas y un buen número de escoceses, bretones e irlandeses sospecho que brutalmente alcoholizados.
¿Tienen la foto? Bien, pues ahora vayamos al grano.Dejen caer la aguja.
La cosa empieza con aires celtas y canallescos, y un Tom Waits de pega recitando un poema de amor borracho: When you were mine. Sigue un swing de aquellos en los que uno se imagina bailando claqué sobre una gruesa mesa de madera, con una pelandrusca a cada lado y una botella sin etiqueta con la que remojar el gaznate. El mensaje queda claro: quiero que me entierren en una taberna. Throw me to the rats es algo que parece escrito para todos nosotros: es Leatherface y The Walkabouts a la vez. Violines, trompetas, voz de cazalla y coros angelicales. Con Watchmaker, a continuación, siguen empeñados en mantenernos en un ambiente de barcos podridos, parches, barriles de grog y reyertas tabernarias.
Guarda esa faca, Mike, y echemos un trago. Aquí, para bailar un poco, podemos hacer el truco charlestoniano de mover las rodillas con las manos encima, como si se nos cruzasen los brazos de una forma imposible. Sigue Marshall Applewhite, que nos transporta a los mejores momentos de The Pogues. Es un himnazo. Narra, con un espíritu de lo más festivo, la historia de un pardillo que se dejó enredar por el guitar hero David Koresh y terminó como el resto de Davidianos, carbonizado a manos del brazo armado de la inteligencia estadounidense, que no se anda con chiquitas a la hora de preservar el monopolio estatal de la manipulación de masas. Seguro que lo recuerdan. Fue después de aquel mítico sitio en el que el FBI investigó nuevas formas de tortura y, para minar la moral de la curiosa secta alzada en armas como en Casas Viejas (aunque aquí completamente equivocados), ponían 24/7 el hit vaquero “Achy Breaky Heart”, del entrañable garrulo racista Billy Ray Cyrus.
El caso es que Marshall, mártir tejano, murió a causa de su Fe. Y aquí va un homenaje canalla repleto de ironía. Marshall, corazón, no deberías haber rezado tanto. Last Of The Curious Thieves, sexta canción, tarda en arrancar, pero cuando llega lo hace como una tormenta, con trompetas, banjo y tres voces estupendas. El Cazallas, El Redneck y La Chica –tres roles, tres personajes y, en consecuencia, tres voces diferentes- se reparten las estrofas con el mismo ánimo embriagado. Aparte, hay un paroncillo que se reanuda con gritos hooligans –una cuenta a 8- y otra vez banjo, trompetas y el cazallas atronando con su voz de muerto en vida. Highway Siren Song Breakdown es de lo más prescindible.
Es música tejana de carretera y a mí la música tejana de carretera me parece completamente despreciable. Es una celebración del automóvil y de los malotes-on-wheels… Una imbecilidad. Muy tradicional, sí, pero bien imbécil. Sáltense esa canción, por favor. Heart Attack in an old Motel recupera algo el tono, pero sigue el bajón. Es una canción lineal que sólo se entiende cuando llega el estribillo. El resto parece puro relleno. Tar Pond Tango es un subidón. Vuelve el espíritu de Swordfishtrombones y Hells Ditch. Juerga zafia y bruta. La letra es puro etanol, decepción, jolgorio y no tomorrow. Behind the fence sigue con la celebración bronca entre el cazallismo etílico y la faringe de fumador. En bottom of the river, antes de terminar, The Tom Fun Orchesta hasta permiten que se unan borrachos a lanzar gritos de fondo en lo que es, curiosamente, un tema muy contenido. You will land with a thud vendría a ser lo que la balada jevi en los discos de esa índole. Una historia de mucha épica. Un tipo que sale de prisión y que lo ve todo más negro afuera que adentro. Ellos lo resumen así: “the story is short but the meaning is strong”. Es lo que tiene el encarcelamiento de unos hombres por otros. Una cabronada se mire como se mire.
Y esto, en unas muy poco resumidas cuentas, es lo que he podido atinar a escribir sobre el disco de The Tom Fun Orchestra.





Miércoles, 20 de Febrero, 2008
11:34
Dani Alonso
Por el amor de dios, Carlos. Dentro de poco empezarás las reseñas con “Ya los romanos…” Se supone que una reseña tienes que poder leerla en menos de lo que dura el disco.
Por otra parte, ma gustao. La reseña. Y el disco, también.
d.
Miércoles, 20 de Febrero, 2008
12:08
miros
aprovecho para decir que odio a los pogues con toda mi alma y que nunca jamás querría pisar una taberna de marineros.
la reseña parece un cuento de gloria fuertes. mola.
Jueves, 21 de Febrero, 2008
12:47
Asociacion CORE
Sí señor!
Gracias por una reseña tan bien escrita. No suelen abundar.
Lunes, 25 de Febrero, 2008
3:38
Carlos Alonso
Gràcies, nois. No hi ha com disfrutar amb el que es resenya.