Hace poco fui a la sala Becool de Barcelona a ver la presentación del último disco de Moksha, y fue uno de los aciertos más grandes que he tenido en mucho tiempo a la hora de de escoger una actividad de ocio nocturno. Porque cuando un grupo toca y suena que se te va la castaña, con esa fuerza, esa energía, esa tensión, esa elegancia, esa humildad, a un servidor le entra un ataque de euforia musical. Hay tanta tontería en esto de la música, tanta sociología tendenciera barata y tan poca música de verdad, que grupos como Moksha me parece que deberían estar en un altar. Todo el mundo tiene derecho a subir a un escenario. Hoy subes tu y yo te miro, mañana subo yo y tu me miras. Pero tanto tu como yo debemos preocuparnos de hacerlo lo mejor posible. Es nuestra responsabilidad. Tener un micro en la mano es una responsabilidad, sencillamente porque no pueden hacerlo todos los que quieren. Hay hostias para poder subir a un escenario. Si te brindan esa oportunidad, almenos intenta darlo todo. El esfuerzo es un signo de respeto hacia el público, y el principio básico de una actuación en directo. Pues los Moksha son los reyes. Uno de los grupos más auténticos de los que he disfrutado recientemente. En Pratums toca tan bien como Dave Lombardo de Slayer y además tiene más carisma. El Funu es tan encantador fuera como dentro del escenario. Iván es un enamorado de su instrumento y vive por y para él. Y Dany, el nuevo bajista, ha sabido suplir a Colomo con muchísima clase y honradez. Brillante.

Por cierto, Moksha hacen metal moderno, como Black Sabbath pasado por todos los filtros deathmetaleros, grindcoreros y stoneros con los cuales, con el paso de los años, van matizando su discurso. El nuevo disco suena de maravilla y tiene unos temas estupendos además de un diseño precioso. Es que me había olvidado de que estaba haciendo una reseña de un disco. Perdón.