Hay artistas que caminan al margen de todo, y los demás no sabemos muy bien cómo lo hacen. Intento hacerme una idea aproximada, porque es una definición que se suele atribuir a personajes que admiro como Tom Waits o David Bowie: figuras escapadas de su tiempo y de su espacio, más allá de ellos y capaces de influir más que de ser influidos.
Kahn es medio turco, medio finés, reside en Berlín y ha participado en más proyectos que casi nadie. Además, ha usado tantos pseudónimos que es muy difícil seguirle la pista. Se me antoja que su currículo es tan esquivo como su música, que huye de todos los estilos y al mismo tiempo los abraza todos. En su último disco, desde el arranque tipo blues siglo XXI de ex communication hasta el final a lo Prince, le da tiempo de hacer un repaso a la historia del pop y del rock y, lo que es más importante, de actualizarla.
Su único pecado puede ser que de primeras su material se antoja poco accesible y requiere de varias escuchas. Pero jugando a la carta más difícil, no es demasiado defecto. Por eso pienso que Kahn debe ser algo así como un crooner, solo que su distintivo no es la voz, sino su particular modo de concebir la música: como un explorador de sonidos al margen de su tiempo y de su espacio. Más cerca de Waits que de Bowie, porque, como el primero, camina por el lado sucio de la vida: su música suena a bar, a humo, a pintura de labios rancia. Que se abstengan quienes buscan algo cómodo. Who never rests sólo es apto para oyentes de imaginación morbosa.





Comentarios Recientes