Lo malo de ser una persona tristemente influenciable es que una solitaria y certera frase te puede derrumbar los esquemas.
El último disco de Iron and Wine, The Shepherd’s dog, me parecía estupendo antes de irme de vacaciones. Coño, pensaba que al tío Sam (Beam) le había quedado una cosa guapa, guapa de verdad. Aquí seguían estando su privilegiado song-writing y su bonita voz, que puede recordar tanto a Nick Drake como a Elliott Smith, con esa manera de susu-cantar, esta vez aderezados con una banda competente, con la que se tira al moco y nos sale con rolletes africanos y psicodélicos de qualité.
Todo esto me traía a la memoria al mejor Cat Stevens (al que no parece nada, por cierto) por aquello de que los dos hacen un folk de querencia pop al que no le da miedo acercarse a otros estilos. Sí, así como al antiguo Yusuf Islam le daba por meter un sirtaki (¡por Dios!) en medio del estupendo Teaser and the Firecat, a SamBeamIronWine no le da miedo mezclar steel guitars en unos temas, con otros de aires negroides, algunos de sonoridad casi oriental (por ejemplo el casi-bhangra que es “Pagan angel and a borrowed car”) e incluso algún toque funk a lo Isaac Hayes en la canción que da título al album.
Sí, The Shepherd’s dog es un disco que comparado con sus anteriores esfuerzos, le aproxima a elementos procedentes de la parte más africana de la cultura americana, e incluso, como decíamos, a África itself, algo de agradecer en la escena “indie” underground que siempre ha sido tan caucásica. En resumen, mucha percusión y muchos truquis de estudio cortesía del productor Brian Deck.
Por eso me gustaba tanto.
Hasta que me lo llevé de vacas para machacarlo en el coche. La primera vez que lo puse alguien muy cercano me hizo notar que tanto truqui del almendruqui hacía que a veces el disco se acercara peligrosamente al folk AOR de Suzanne Vega (creo que las palabras usadas fueron “esto suena vulgar”), cosa que a mi me la suda pero que acercaría al amigo Iron al pantanoso terreno de la radiofórmula.
Y eso no me lo puedo sacar de la cabeza.
Y no lo volví a poner en el coche.
Pero no seais tan influenciables como yo, The Shepherd’s dog es un bonito disco lleno de canciones como soles que tanto os puede hacer susucantar melancólicamente (”Resurrection fern” me pone los pelos como escarpias) como mover el culete sabrosón.

Pd.: Por cierto, ¿nadie se ha dado cuenta de lo mucho que se parece la portada de este disco al Coser i cantar de Antònia Font?. Además salieron en la misma época y ambos carteles compartieron lugar en los postes publicitarios, cosa que era curiosa, por no decir otra cosa.