Un disco producido por J. Robbins siempre es algo a lo que hay que echar un ojo, y por lo general, te guste más o menos el grupo, siempre encontrarás algo especial.
Esta vez se trata de un álbum que diez años atrás habría sido una referencia indispensable del mejor emo-core. De hecho hasta se me hace raro poner el maldito prefijo emo sin estar hablando niños monos llorando a unas exnovias ficticias desde los platones cine en que ruedan sus videoclips. La verdad es que no sé nada de estos “first to leave” y no creo que mueva un dedo para enterarme, por suerte en el librillo no hay ninguna foto y no soy consumidor de prensa ni televisión musical; imaginaré que son simplemente unos “chavales que quieren hacer algo de ruido” como dicen Zeidun de si mismos en el primer vídeo del St. Feliu Fest.

Con leer sus más que aceptables letras y escuchar el precioso sonido del disco me basta. Empiezan con treinta segundos que prometen un disco de old school melódico que al primer cambio de ritmo caen en el olvido. A partir de ahí sorprenden con un poco del “four minute mile” de Get up Kids y otro poco de Grade, aunque lo predominante es la melodía agridulce y unos constantes cambios de ritmo. Todas las canciones son perfectas, cada una a su modo, y la mayoría culminan en unos estribillos que intentan abarcarlo todo: algunos te obligan a mirar hacia arriba con los puños prietos y los ojos húmedos, otros son idóneos para contemplar amaneceres, incluso los hay que sugieren cerrar los ojos y ponerse a dar saltitos. Es una muestra clara de buena parte de lo que caracterizó el panorama hardcore durante los 90’s, velocidad con melodías pop, tristeza épica y ese alegre rockear adolescente. Además, y por suerte, se olvidan del metal.
Quizá lo que más me gusta del disco es cuando en ocasiones puntuales entran a toda velocidad, entonces me acuerdo de As Friends Rust o 88 Fingers Louie, con esas voces que parecían llorar melodías a cámara lenta sobre una base instrumental aceleradísima. Es un efecto, el de las baterías rápidas con voces a medio tiempo, que independientemente del tipo de voz siempre da un tono trágico a la canción, me gusta llamarlo el toque Good Riddance.

Pues con un poco de esto y un poco de aquello termina un disco que, si bien es principalmente un disco de emo con todo lo que ello conlleva, también contiene buen hardcore con un montón de lecciones aprendidas y aplicadas sin pudor.