A menudo, cuando escucho un disco con ese espíritu crítico que me caracteriza, me da por imaginarme cual sería mi reacción ante él si jamás hubiera escuchado nada parecido. Por ejemplo, con Channels; ¿qué pensaría de éste disco si jamás hubiera escuchado a Jawbox? Y no sólo a Jawbox, sino a grupos en los que estos se inspiraron y a todas esas bandas que, a su vez, se inspiraron en ellos: Fugazi, Rites of Spring, Kerosene 454, Shiner, Aina, la lista es interminable. Dicho de otra manera, ¿me hubieran gustado igual Girls Against Boys si hubiera escuchado antes a The Fall? Lo dudo mucho.

La reacción de las personas ante la música es muy subjetiva, depende de lo que han escuchado antes, de lo que esperen de ella, etc. Concretando, y en mi opinión, pienso que el último disco de los Channels no añade nada a la carrera de Jay Robbins. Creo que los que ya hayais escuchado a Jawbox o Burning Airlines hasta el empacho no encontrareis nada nuevo en este Waiting for the next end of the world. Los mismos ritmos sincopados y precisos cual escalpelo de cirujano, las mismas guitarras ruidosas y extrañas, cristalinas a veces, más melodías pegadizas a la vez que complejas, las mismas letras crípticas y protestonas. ¿Y es eso malo? Como decía, depende de lo que espereis de él.

En este caso, creo que os debeis tomar esta crítica con una pizca de sal, que dicen los ingleses, y considerarla como lo que es, una crítica hecha por un tio de 33 años que lleva años siguiendo la la carrera de Jay Robbins y que, quizás, sólo quizás, se ha cansado un poco.

De verdad, a veces me preocupo porque la música ya no me hace sentir las mismas sensaciones extremas que cuando tenía 19 años. ¿Será la edad? Recuerdo una época no muy pasada en la que sentía mariposas en el estomago cada vez que me encaminaba hacia un concierto que llevaba semanas esperando. Esto ya no me ocurre casi nunca. Quizás tenía razón Julie Burchill cuando decía que los críticos de rock debían retirarse a los veinte años.

Después de 20 años escuchando música compulsivamente casi a diario, uno busca nuevas sensaciones y necesita escuchar cosas que le fuercen a mantener la curiosidad y las ganas de sosprenderse. Y claro, actualmente, y espero que esto no suene a pedantería porque es la verdad, para mí es más gratificante y arriesgado escuchar un disco de la Incredible String Band, por decir algo, y meterme en ese extraño mundo de psych-folk de efluvios lisérgico-medievales, que escuchar lo último que pueda hacer Jay Robbins y que sé exactamente como va a sonar.

Pero eso no es malo per se, además es algo que sólo me afecta a mí. Si algo está claro es que Robbins ha creado un sonido marca de la casa, que ha sido imitado hasta la saciedad, propio, reconocible, que igual no ha cambiado en los últimos 10 años, pero que es suyo y de nadie más. Y además patea culos como ninguno. Jay Robbins comparte con un par de grupos más el merito de haber inventado un tipo de música y no tiene la culpa de que en la última década hayan florecido miles de bandas que suenan igual que Jawbox. No debemos dejar que la indigestión provocada por ese puñado de pseudo–Jawbox nos alejen de éste disco.

De hecho, los que aún no se hayan aburrido de rebuscar en ése cajon de sastre que alguien bautizó como post-hardcore, tienen aquí una apuesta segura que les hará disfrutar más que los sucedáneos faltos del carisma, la potencia y la honestidad de la que Jay Robbins hace gala, hoy igual que el primer día.

Quizás en Waiting for the next end of the world encontrareis más de lo mismo que nos ha ofrecido el Sr. Robbins desde hace más de 2 decadas, esta vez acompañado de Darren “Castañazo” Zentek, ex–K454, y de su mujer Janet Morgan, ex-Shonben y ex–empleada de Southern Records, pero es que “lo mismo de siempre”, como decía Ian MacKaye a propósito de Lungfish, está muy bien.

Y, al final, después de toda esta reflexión, de golpe me he dado cuenta de que mientras escribía este rollo he puesto por tercera vez seguida el disco y estaba tatareando las canciones y tocando la batería con los dedos golpeando la mesa. Cosa que con The Life and Times, por ejemplo, nunca me pasará. Así que ya está, no le demos más vueltas, creo que lo que quería explicado está ya sobre la mesa.