Gracias al cielo -y toco madera-, mi idea acerca de lo que pueda ser una torsión testicular es del todo imprecisa. Ahora bien, si se me plantease la extraña tarea de identificar esta anomalía anatómica con un grupo de música, no creo que andase muy desencaminado al señalar directamente a Black Elk. Y es que, en un primer contacto (quizá en este caso la palabra ‘impacto’ quedase mejor) con esta banda de Portland, uno siente algo así como una contracción del escroto seguida de una dolorosa rigidez de la pierna izquierda, que acaba por derivar en una violenta arcada estomacal y el consecuente latigazo de todos los músculos del cuerpo.

Seamos más explicitos si cabe… Black Elk son un cuarteto de mulas de carga comandado por un siempre dispuesto a desgañitarse Tom Glose (este hombre hace gárgaras con los discos de Jesus Lizard, os lo digo yo). Tommy grita y aulla, aulla y grita, y mientras, sus tres compadres machacan sus intrumentos (guitarra, bajo y batería) hasta que éstos escupen macizos pedruscos de hardcore-punk encabronado. Cuando la jugada les sale bien -muy a menudo- uno se lleva un mamporrazo tan compacto como los que repartían los Melvins en sus primeros días, tan catárticos como los de Oxbow y tan hostiles como aquellos de ‘Reing in blood’. En suma, Black Elk son tan dañinos que si te gustan eres masoca.

Y que nadie se avergüence si es así, que una torta bien dada tiene más mérito del que se le reconoce y no soy yo el primero en decir que la destrucción es también una estrategia de construcción… Black Elk, justito justito lo contrario a una aspirina. Tratamiento recomendado. Digan lo que digan vuestro médico y vuestro farmacéutico.