
Me interesa, en esta segunda columna, abordar el Noble Arte de la Reseña con algunas consideraciones fruto de mi exigua, nimia, infinitesimal experiencia. No deseo que sirva para crear un libro de estilo. Más bien se trata de un manifiesto (otro…), porque me apetece influir en lo que buenamente pueda para así ayudar a enderezar el torcido rumbo del reseñismo musical (y literario, ya de paso) que padecemos:
- Una reseña no puede consistir sólo en una “opinión personal”. La opinión personal es una ventosidad cerebral destinada a rellenar tiempos de silencio. O una forma de darse golpes en el pecho y revindicarse uno mismo. Es una exhortación del Yo, y tiene poco que ver con lo que se quiere comentar. El régimen tecnodemocrático que padecemos nos ha adiestrado a expresar con repeticiones lo que ya ha sido mil veces antes expresado. Funciona como válvula de escape a toda la mierda cotidiana que tragamos. Todos los medios de comunicación, verdadera fábrica de opiniones, tienen un rincón en el que el lector vomita catárticamente lo que acaba de leer… Ya sé qué quieren preguntarme ahora ¿Cómo reconocer una opinión personal? Vamos vamos, no se hagan los tontos… ese compendio de grados de valoración (bien, mal regular, chachi, molón total…) esas alusiones al gusto prefabricado (“es que a mí, personalmente, me gusta mucho la tralla”… claro, simplón, personalmente a ti y personalmente a otros doscientos millones de habitantes del globo), esa inconsciente apropiación del las tipificaciones del marketing (“este es un producto que no me convence”, “si hiciesen una buena campaña, este disco vendería millones”…). Digamos NO a toda esta cháchara. Huyamos de nosotros mismos y escribamos de lo que pretendemos escribir. Mi opinión personal no le interesa a nadie. Todo el mundo se la sabe ya. Cualquier otra persona puede haberla expresado por mí mil veces antes. En eso consisten precisamente las opiniones personales: aún en su diferencia, son todas perfectamente iguales.
- En la medida de lo posible, hay que contextualizar y definir El Sonido, no la banda objeto de escucha. Recuerden que hablamos de obras y no de artistas. Una reseña no es una biografía ni una glosa de las andanzas de nadie. Por ello, se requiere un esfuerzo literario, y no documentación via wikipedia o webs específicas del sello o artista. Que en el último de Oleiva toca Mid Killions y que después de su paso por el sello Fantastic Cooper han editado dos epés y un largo es pura verbosidad sin contenido. Se puede comentar de pasada, o al final de todo, si hay espacio y no hemos hablado ya demasiado, pero una reseña no puede convertirse en una pura celebración de un mundo autoreferencial para entendidos. ¡Y supongo que no querrán ustedes acabar sus días convertidos en expertos musicales! Los expertos musicales son una lacra a exterminar. Son verdaderos adalides del aburrimiento mortal del alma. Insisto: pedimos un esfuerzo creativo, un recurrir a las metáforas, a las referencias colectivas. “Oleiva suenan como un ventilador estropeado en el estómago de una vaca”. Esta frase será acertada o no, pero habla de lo que quiere hablar. Oleiva hacen post-weif-prog-pop no nos dice nada de nada. Llama a leer algo, otra cosa, un texto que tenga verdadero contenido.
- ¿Los discos tienen diez canciones por pura convención? Uno diría que sí, que es un formato vendible y que, al igual que piensan los autores de esos best sellers que se venden a peso, el Dinero reclama un volumen determinado de materia creativa para moverse con justicia. O por lo menos, sin que nadie grite Tongo. Es un proceso de capitalización a la inversa… Pues bien, sin necesidad de seguir profundizando sobre la naturaleza del formato de edición, se supone que hay una voluntad detrás y que se graban diez canciones, o veinte, o tres, o seis, por algún motivo específico; porque corresponden a una determinada etapa creativa, porque las diez cancioncillas comparten un mismo espíritu, porque una pérdida personal está detrás del parto y otros diez mil motivos más que pudieran concurrir en tiempo y espacio y que aquí no podemos terminar de concretar. Así pues, el volumen de temas a reseñar es el contenido en el formato que se escucha, y no vale despachar un disco sin hacer referencia a todo su contenido y sustancia –y no les hablo de calzar diez párrafos, a división por tema-, así como no vale ventilárselo sin comparar sus picos y sus valles. ¿Un hit justifica nueve mierdecillas? De la misma forma, cuando el enésima insoportable larga duración de un buen grupo evidencie que hay mucho relleno, aprovechemos para revindicar el single. O denunciemos el artefacto, y con él a la industria, que nos arroja música a granel como quien echa cacahuetes al foso de los monos.
- Recuperemos un cierto interés por el diseño: si algunos hemos perdido mucho tiempo enfadándonos con nuestros conciudadanos y con nosotros mismos por cómo la mayoría se ha tragado el reemplazo planificado del formato vinilo no es sólo por la pérdida del ceremonial de la reproducción técnica (el plato, el ptumf! de la caida de la aguja, la fritanguilla, el cambio de cara…) sino también por sus posibilidades gráficas de contar. Letras bien grandes, diseños bien grandes, human size. Ningún sindicato funcionarial protestaría su legibilidad. El diseño -o el “trabajo artístico”, como se exceden los anglosajones-, si está muy bien hecho, puede llegar a coincidir con lo que se escucha, puede ilustrar el sonido… pero sin apuntar tan arriba, como mínimo, aún si se ha parido a salto de mata, debería encajar con las pretensiones y completar a modo informativo lo que grita la aguja. En la época emo era ostensiblemente ridícula la propensión a fotografiar grandes espacios y calzarlos sobre fondos blancos con un ribetito negro. Hoy, la enfermedad son los filetes, las filigranas y las composiciones aleatorias de imágenes sin sentido. Quienes recaen en estos tópicos deberían recibir nuestros abucheos. Igualmente, al que los evite y acierte en su finta: loas.
- Recuperemos un cierto interés por lo que se grita: es decir, que los textos no son mero acompañamiento como una patata al caliu. Si no se es tan bueno como Don Caballero para titular las canciones ni se consigue la poesía de Chris Leo o Blake Swartzenbach, por lo menos debería mostrarse un poco de respeto por lo que se berrea en público, así sean rimas inmediatas o remiendos de orgullo taleguero. El “buen reseñista” debería reparar en ello también. Y dar en los morros a quien sigue con rimando coche con noche, petaca con resaca y night con right. No olvidemos que la música popular procede de la tradición oral y que todo propósito de la tradición oral consiste en “contar historias”, es decir: conmover, narrar andanzas, expresar penas y alegrías. No es sólo trilolí trilolá. Haciéndome eco de Walter Benjamin, quizá la época de la reproducción técnica haya contribuido a ocultar este propósito y haya dado todo el poder a la industria de la reproducción. Y también puede ser que ello haya frivolizado los contenidos, hechos puré para el relleno de un producto, pero el populum es donde nace la música y adonde va a parar, por mucho mercado que quiera interponerse. Una canción puede llegar a cualquier rincón: una canción es una forma de mensaje. Así que, por favor, un poquito de respeto hacia el mensaje. No pido que se tome demasiado en serio, sólo que se tome: que se considere. Llevamos demasiado tiempo escuchando música sin atender a lo que dice. Con razón los mendas de Washington, tan admirados, recitan manuales de ingeniería por debajo del vigor roquerillo sin que después se escuche queja alguna. Que no atendemos, leñe.
Así pues, y en resumen: bailen, canten, ríanse de los peces de colores, celebren esta vida sobre el cemento como buenamente puedan, pero no frivolicen lo que es tremendamente importante. No nos tomemos la música pop a filfa. No hagamos reseñas como si estuviésemos en una cadena de montaje.





Lunes, 16 de Abril, 2007
13:49
Simply A.
Carlos! Quan parles del vinilo que vols dir amb “la fritanguilla”??? M’ha fet gracia pero no lo capto!
Lunes, 16 de Abril, 2007
18:55
Edu
Estic totalment d’acord excepte amb la primera reflexió, penso que a un fanzine el que no trovaràs seràn professionals, així que la opinió personal es el que ha de primar, i es el lector el que pot arrivar a veure que tot el que diu “aquest tio” que es caca a ell li pot semblar interessant. Perque realment “Oleiva suenan como un ventilador estropeado en el estómago de una vaca” no sería precisament mes personal que parlar d’etiquetes? Realment… parlem del mateix, no se si postejar…
Martes, 17 de Abril, 2007
7:59
Carlos Alonso
No parlem ben bé del mateix.
El tema de la sacrosanta “opinión personal” es sencillo de comprender pero hay que urgar un poco interiormente.
Lo que quiero decir es que hay que “contar”, en el sentido más amplio, hay que “expresar” una sensación y un parecer, y las “opiniones personales” son estos paquetes asépticos que podría firmar cualquiera, que no expresan ni cuentan nada. Con la actual fórmula que rentabiliza la industria cultural adherida a la industria discográfica, no hay pasión: uno podría agarrar una plantilla y sacar reseñas como cuartillas burocráticas. Yo mismo podría hacer una para el rockdelux y otra para el mondo, y así podrían ponerse a acumular trabajando una horita al día.
Mi reticencia a las “opiniones personales” es el rechazo de un modelo: no tiene nada que ver sobre la conveniencia de que la gente se exprese -eso está fuera de dudas: no soy ningún fascista, más bien al revés- sino con el hecho de poder articular algo que supere una contextualización ridícula y una calificación de grado. Algo que supere el estancamiento narrativo en el que se encuadra el 90% del reseñismo musical.
Martes, 17 de Abril, 2007
13:09
ignatiusmismo
La cultura, y yo diría que todos los órdenes de nuestra vida diaria también, está gravemente afectada por la poderosa maquinaria del absolutismo económico imperante: “Interesa catapultar este álbum/película/libro porque el cantante ha fichado en una filial de la empresa que mantiene este medio”. “Los de arriba dicen que ni por asomo se te ocurra hablar mal de tal o cual producto”. ¿Y adónde nos lleva esto? Nos conduce a la neutralización total de nuestras mentes y nuestros modos de vida, cada vez más en las manos de otros, cada vez más estandarizados, cada vez menos libres.
Miércoles, 30 de Mayo, 2007
11:48
Joan S. Luna
Carlos, puedo discrepar o no con ciertas partes de tu texto, pero de eso se trata precisamente, de expresar opiniones, algo que tú pareces atribuir solamente a unos pocos. Negar que se viertan opiniones personales más o menos válidas en las páginas de cualquier revista me parece exclusivista y equivocado. No todo el mundo escribe igual, no todo el mundo es igualmente aséptico. De hecho, una de las cosas que más me han fastidiado a lo largo de los años es que parece que -para lo bueno y para lo malo- las opiniones valen más o menos dependiendo del soporte o del medio en el que se expresan cuando lo fundamental suele ser la persona que está tras esa opinión. Recuerdo que cuando hacía reseñas de hardcore en Absolut nadie me insultaba (bueno, excepto Boliche una vez, jaja), en cambio era habitual que se criticara a MondoSonoro por incluir reseñas de emo y hardcore argumentando cosas como que “esos grupos no deberían salir en esas revistas que lo prostituyen todo”. Me sabe mal, pero en mi caso concreto soy una persona a la que le gusta la música, que compra discos, que va a conciertos (sí, la mayoría gratis, eso es cierto, pero iría igualmente si tuviera que pagar, algo que he hecho durante años) y me alegro de que haya gente que pueda disfrutar con los mismos grupos que yo. Y te aseguro que no me paso todo el día vagueando mientras otros escriben para nosotros, eso ni soñarlo. Me gusta comprar fanzines, me gusta leer opiniones de otras personas, me gusta escribir sobre música y evito en la medida de lo posible hacerlas como si estuviéramos en una cadena de montaje, aunque también te digo una cosa… a mí una reseña que no me da información, que me habla de que la vecina del piso de arriba se tirará de los pelos cuando pongas el disco o de que no le gustará a los modernitos de la ciudad no me sirve para nada.
Miércoles, 30 de Mayo, 2007
12:58
Carlos Alonso
A Edu, el del segundo comentario, ya le conté que mi inquina hacia las opiniones personales no va contra las opiniones -como expresión de un parecer- ni contra los individuos, va contra esta forma de reseñar a granel con el comentarista y sus gustos como eje. No reprocho que alguien me diga que le gusta o no le gusta algo, sólo interpongo un “y a mí qué”. Debe haber algo más que eso en una reseña. En cualquier texto de crítica.
Es un texto un poquito opaco, lo reconozco, porque estoy habituado a cagarme en ciertas cosas dando por hecho que la mayoría reconoce mi estilo exagerado, y eso puede ser un error. No digo que no.
No somos perfectos. Dios nos libre.
Miércoles, 30 de Mayo, 2007
14:06
Joan S. Luna
Ostras, pero es que entonces no he entendido lo que querías decir. Tienes razón en que reseñar a granel es fatal, aunque es cierto que ocurrir, ocurre. De hecho, lo consiga yo o no, estoy totalmente de acuerdo con el hecho de que debe haber algo más de eso en una reseña, en cualquier texto de crítica. No siempre ocurre, es cierto, aunque ya te digo desde aquí que las críticas, reseñas o crónicas que más odio -porque también hay cosas que odio, lógico- son esas que se apuntan siempre al carro. No sé si me explicaré bien, pero conozco a mucha gente -algunos de ellos incluso escriben- que no son capaces de mojarse sobre lo que piensan sobre un disco hasta que no ha habido opiniones previas, no sé si que les reafirmen o sencillamente que les orienten… y eso me parece mucho peor… En cuanto al estilo, eso queda claro que con un poco de seguimiento todo el mundo que está habituado a leer revistas, zines, blogs o lo que sea ya se queda con eso, así que tampoco me parece un error. Vamos, si al final casi vamos a estar de acuerdo…
Lunes, 18 de Junio, 2007
16:27
miriam
eres el mejor ok te amoooooooooooo mi amor