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Desconozco cualquier tipo de estadística, estudio o comentario que avale mi teoría, pero me importa poco: después de años observando a los que tengo cerca, la mayoría de gente tiende a pensar que el jazz es una música para gente mayor, con determinada posición socio-económica y que provoca conversaciones de eruditos llenas de nombres imposibles, fechas, productores y demás datos que sólo dejan ver el grado de pedantería del que suelta la parrafada de turno.

No es mi intención el de alumbrar nada, pero sí habrá merecido la pena esta columna semanal hablando de jazz, si alguno de los que antes tenía miedo a acercarse a un estilo absolutamente vital y necesario dentro de la historia de la música, acaba por descubrir nuevos discos que, poniéndonos un poco tontos, les permita descubrir, a su vez, nuevas sensaciones.

El caso es que, para empezar, el jazz es bastante parecido al punk en muchos sentidos: hay multitud de estilos dentro del jazz, hay grupos poderosísimos, hay unos cuantos iluminados, hay otros que sólo siguen la estela de los grandes y hay muchos combos que comparten miembros. Hay sellos independientes y sellos multinacionales. Hay emocore (aquí se llama cool) y hay post-core (podría ser el free jazz); hay hardcore melódico (el envalentonado be bop) e incluso hay grindcore (que también conectaría con el free jazz, intentando batir records de velocidad). Hay tipos como Henry Rollins, siempre enfadadísimos (Miles Davis podría valer) y otros como Mike Patton, que van un par de décadas por delante (en pie todo el mundo: hablamos de John Coltrane). Está el tipo al que todo el mundo respeta en plan Ian McKaye (podría ser Charles Mingus, o Thelonious Monk) y el listo de los cojones que se ha hecho un hueco pero que si no llega a ser por el resto, nadie se acordaría de él, como Freddy de Madball (para este puesto elijo a Gerry Mulligan). De esta forma, todo podría resultar más fácil.

Y, como siempre es demasiado complicado hablar de discos sin más, hagamos un juego. Imaginemos al mejor equipo que nunca tuvo la NBA, el clásico Dream Team, y hagamos una comparación un poco chapucera ¬–aunque siempre ayuda-, con los clásicos del jazz. Veamos:
Un buen base es el que reparte juego, adivina jugadas y motiva al resto, y Magic Jonson era insuperable a este respecto. En la música, el base sería el batería. Hay un dicho que siempre, siempre, se cumple: “Un grupo es tan bueno como lo sea su batería”. Y en el jazz, un titular indiscutible sería Art Blakey.

Al lado del base siempre ha de haber un escolta dispuesto a adivinar lo que va a hacer. Que alguien me diga que Clyde Drexler o Scottie Pippen no eran los mejores en ese puesto. Lo tenían todo y acababan haciendo la trece-catorce a cualquier defensa contraria. Además, si el base necesitaba descansar, ellos cogían las riendas del equipo durante unos minutos y ni se notaba la ausencia. Exactamente eso ocurría con Charles Mingus al contrabajo. Fuera del escenario era un auténtico cabronazo (drogradicto, putero y machista, según su autobiografía Menos que un perro), pero dentro de la cancha era lo más. Tanto que llegó a liderar su propio grupo. ¡Un contrabajista liderando un grupo entero! Sí señora. Y ojo con que alguien le tosiera, que iba fuera.

El mundo de los pivots es también un mundo aparte. ¿A quién prefieres, a Kareem Abdul-Jabaar, a David Robinson o a Patrick Ewin?. Debajo del aro, aguantando la melodía, podríamos colocar al pianista. Y si se habla de pianistas, yo me quedo con Thelonious Monk. Maldito roedor. Si estaba él bajo tablero, no pasaba nadie.

La estrella del equipo, el que mete los puntos, vuela desde la línea de tiro libre, se lleva todas las fotos y llena las páginas de los periódicos siempre será Michael Jordan. El que llevó al baloncesto a otra dimensión. Chicos y chicas, saluden al Michael Jordan del jazz: el señor John Coltrane. El saxo tenor más imaginativo, complicado, enrevesado y brillante de toda la historia de la música. Un mito y un hito. Probablemente nadie consiga empujar un estilo más lejos que él. El número 23 de los garitos de Harlem se retiró cuando murió el 17 de julio de 1967.

¿Quién puede estar a la sombra de una estrella? Otra estrella, como Charles Barkley o Larry Bird. A un paso de dios, pero sin llegar a serlo. En este caso, nos podría servir perfectamente Charlie Parker o incluso Miles Davis. Uno por su saxo y el otro por su trompeta. Ambos inventores de estilos revolucionarios y responsables de que el jazz cambiara de rumbo en sus respectivos reinados.

Puede que no juegues al baloncesto (ni al jazz, claro), pero estarás conmigo en que los nombres de los jugadores aquí citados traspasan las fronteras del deporte donde crecieron para convertirse en figuras importantes de la cultura y la sociedad de masas tal y como la conocemos ahora. Bien, pues a poco que uno se olvide de los prejuicios que van asociados al jazz y sepa abrir los oídos a los discos clásicos que grabaron los diferentes miembros de este absoluto Dream Team del pasado (lamentablemente todos están muertos), su vida cambiará, para siempre, a mejor.